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El corte de digestión: realidad o mito

El corte de digestión: realidad o mito
23 jul

El corte de digestión: realidad o mito

Los estereotipos tienden a perpetuarse en la sociedad y ciertas creencias y conductas perduran en ausencia de sólidos fundamentos.

Si existe una imagen repetida, típica y tópica, en las playas de nuestra geografía y al margen de las piscinas durante el verano, es la de niñas y niños deseosos de adentrarse en el agua mientras su madre o padre les advierte con rigor, prácticamente bíblico, del temido y amenazante corte de digestión.

Como si de una reacción química se tratara, se teme ante la inmersión del niño en el agua tras la ingesta. Y, ¿qué hay de cierto en todo ello?¿Existe realmente el corte de digestión?¿Está justificado hacer padecer a los niños tantas horas?¿Existen desenlaces fatales por este motivo?

En realidad el corte de digestión no existe. O al menos tal y como popularmente se le conoce. No existe un peligro tal por el mero contacto con el agua después de comer. Y desde luego, su origen no es el cese del proceso de digestión per se.

Si bien es cierto, sí se producen unos cambios en nuestro organismo que pueden derivar en una reacción que varía entre síntomas leves hasta casos que revisten gravedad y que pueden acompañarse con síntomas digestivos. Pero estos no se derivan del contacto con el agua después de comer. En los casos más graves, lo correcto es hablar pues del síndrome de asfixia-sumersión.

La explicación y origen de esta temida reacción deriva más bien de dos circunstancias. Por un lado de la diferencia brusca de temperatura. En verano estamos sometidos a altas temperaturas. La inmersión brusca en agua fría, sin aclimatación previa, va a desencadenar una reacción vascular para proteger nuestro organismo, esta reacción puede derivar en un proceso que comprende desde un pasajero malestar hasta un síncope (síncope termodiferencial) o parada cardiorespiratoria, técnicamente denominada sumersión-inhibición o hidrocución (ahogados blancos) por el reflejo inhibitorio vagal que produce una parada brusca de las funciones cardio-respiratorias.

Por otro lado, la alta demanda física. Si después de comer, cuando la mayor parte de nuestra sangre se encuentra irrigando el aparato digestivo, se le solicita al cuerpo que realice una actividad física intensa, (en el agua o fuera de ella) nuestro organismo se ve obligado a redirigir todo ese flujo de sangre hacia nuestra musculatura. En el caso de requerirse para nadar, una respuesta ineficiente ante esa necesidad puede producir nuestro ahogamiento o sumersión-asfixia.

En la mayoría de los casos las reacciones alcanzan reacciones menos severas con síntomas como malestar general, mareo, náuseas, vómitos, palidez cutánea o pérdida de conocimiento.

Es difícil disponer de datos fiables sobre recuento de casos que respondan a este diagnóstico. Muchos casos no se atienden o bien son mal considerados como derivados de un golpe de calor. Mientras que los desenlaces fatales se computan como ahogamientos.

En cualquier caso no debemos temer el contacto con el agua, sino más bien orientar la prevención, tanto en niños como en adultos, en evitar exponernos a altas temperaturas para después adentrarnos en aguas muy frías, no realizar comidas copiosas antes de realizar actividad muy intensa o asegurarnos de respetar un tiempo prudencial antes de someternos ante tales circunstancias.

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